2007
7
Dec
Una taza de nostalgia con 2 de azucar
El 4 de abril escribí lo que a continuación posteo en mi blog anterior; lo traigo aquí porque es de mi conocimiento -jeje- que hay nuevos lectores de este humilde intento de reflexólogo, y me gustaría compartirlo también con ellos -uds-:
"Lo recuerdo como si fuera ayer. Era de los que no pasaba desapercibido, por su estatura simplemente, más de la de cualquiera de nuestra edad, pero al poco tiempo le perdías la atención y no con facilidad lo traías de nuevo a la memoria. Nunca demostró lo brillante que pudo llegar a ser, siempre prefirió ir él por su lado, con sus ideas, sin las nuestras, compartiendo la vida de la camarilla pero apartándose de la misma como si nos repudiara. Largas jornadas no se aparecía por el salón, y después, muy horondo, se apresuraba a recopilar apuntes, copias, la información que necesitara para ponerse al corriente. Con dimes y diretes logró sacar la prepa igual que nosotros, y desde entonces no le vi más. Supe que entró a la facultad de derecho y que siguió manteniendo sus hábitos de ausentismo y bajo perfil. El último que le perdió la huella fue González, que coincidió de nuevo con él en la universidad, e intercambiaron gustos musicales y espirituales.
Fue precisamente en esa recopilación de datos a las que se abocaba cada que comenzaban los exámenes finales o las segundas, cuando siguiendo la pista de una libreta que había pedido a una compañera que le gustaba, se vió tocando la puerta de uno de sus compañeros, que la tenía desde antes de vacaciones navideñas. J. B. no se encontraba en ese momento, no tardaba en llegar, le avisó su madre, así que lo esperó un poco porque realmente le interesaba tener esos apuntes de química. No habían pasado 10 minutos cuando J. B. apareció, regresando de su trabajo; otra vez no había tenido oportunidad de ir a la prepa, la que estudiaba por haber hecho una apuesta con su primo. Ni él ni el primo la terminaron.
Pasaron a la casa, y ya en la habitación de J. B., éste se enteró del motivo de la visita. Charlaron un poco y J. B. le refirió a su amigo que estaban por llegar por él para ir a una junta de un grupo misionero. Era la primera vez que escuchaba esas dos palabras juntas, las cuales sin saber su significado le fascinaron de inmediato. J. B. le explicó que la idea era ir en Semana Santa con más gente a unos pueblitos de gente indígena en Oaxaca, pero para que se enterara con más detalle le invitaba a ir. Lo dudó un poco porque su madre no iba a tolerar que llegara tan noche -él salía de la prepa a las 7, la reunión comenzaría a las 8 y estaría terminando alrededor de las 9-, sin embargo se apegó a la política de ‘más vale pedir perdon que pedir permiso’ y aceptó ir. Minutos después llegaron los amigos de J. B. para llevarlo al lugar de la reunión y ambos partieron. No sabía en qué líos se estaba metiendo. Sin embargo, por lo poco que lo conocí, no dudo que de saber el giro que muy posteriormente tomarían los hechos, de igual manera habría ido.
En la reunión se topó con otra gente, todos mayores que él por varios años, que de diversos modos habían sido invitados. Encabezaron la misma un par de muchachas que habían tenido la oportunidad de estar allá en la sierra de Oaxaca en algo a lo que llamaban ‘voluntariado’ por un año; un joven sacerdote las secundaba en esa empresa que estaban echándose a cuestas, la de conformar un grupo para llevarlo a una comunidad de la etnia mixe -a 3 horas en carretera y 2 por brecha de la capital del estado- y predicar en distintos ejidos de la misma la palabra de Dios y animar las celebraciones de los días Santos. Nada de esto le resultaba ajeno a mi amigo, sobre todo por haber cursado su educación primaria y secundaria en un colegio particular de orientación católica. Sumado a eso, la gran dosis de aventura que la invitación involucraba le desperó enorme ánimo de participar. La cuestión era cómo obtener el permiso familiar.
Volvió a casa pasadas las 10 de la noche, porque fue junto con los amigos de J. B. a cenar. En su casa el ambiente era el común, la mamá en la cocina, los hermanos terminando de cenar, la televisión encendida. A la pregunta de por qué había tardado en llegar respondió llanamente que había acudido a una junta de la iglesia invitado por un amigo para ir en Semana Santa a Oaxaca; la mamá, entre el trajín y la rutina poco prestó atención al comentario de su hijo. No se volvió a tocar el tema hasta 15 días antes de que partiera el grupo a su destino. La mama dijo que no lo había tomado en serio: el hijo dijo que algo más en serio no había dicho en mucho tiempo. Se subió, 15 días después a ese camión.
¿Pasó por una metamorfosis? Pues de haber sido así, ésta duro varios años, y fue en verdad radical. Me topé con mi amigo hace poco. Su cara, ahora más afilada y de adulto, me hicieron reconocerlo no sin algo de dificultad. Lo que hizo que no dudara en saber que él era quien era fue que clavó en mi precisamente su mirada cuando yo lo hice en la suya, y tras un par de segundos de sozobra, intercambiamos una mueca de amistad y nos acercamos a saludarnos. Yo fui quien más recorrí para el encuentro; él, atrapado en una fila y no pudiendo maniobrar en tan corto espacio la silla de ruedas que ahora le acompaña decidió esperar mi llegada para el saludo. Las preguntas de rigor, cómo estás, qué te has hecho, a qué te dedicas, no se hicieron esperar. Acepto que recorrerle de arriba a abajo me provocó un nudo en la garganta, pues jamás esperé ver hacia abajo a alguíen que me sobrepasaba al menos por 10 centímetros. Habiendo avanzado la fila y yo teniendo que regresar con mi esposa, nos despedimos por decirlo así, ‘a medias’; alcanzó a decirme su email, pero sinceramente por la conmoción que me provocó el encuentro con él lo olvidé.
Ya hace 10 días de eso. De repente cuando divaga mi mente un poco fuera de las problemáticas familiares y laborales se me viene a la mente su imagen. Más flaco, tal vez amolado por lo que le pasó, que ni atreví a preguntarle, pero algo había en él, algo transpiraba que me hizo y me hace pensar que sigue siendo el mismo. Que sigue repudiando mucho de lo que vive, que se toma en ocasiones sus ausencias de los que lo rodean y luego vuelve enjundiosamente a la carga, recopilando apuntes y copias. Que detrás de su bajo perfil sabe que hay mucho en él que pretende llegar muy lejos, y que le atemoriza dejarse a sí mismo atrás. Y, ya pasadas esas imaginaciones mías se coloca frente a mí su nueva imagen. Y lloro y río, y termino confundido. Porque si alguien le habría dicho en que terminaría aquella aventura del grupo de las muchachas y el sacerdote joven, de todos modos se hubiera subido a ese camión, cargando a su espalda esa mochila, y portando en su pecho esa cruz."

Nancy, Martha, Alex, Lucy, S. Inés, P. Federico, Bertha, Laura, Quique
Ivonne, Laura, Pepe, Víctor
Casa del Misionero, Oaxcaca, Oax. Domingo de Ramos ‘95
August 21st, 2008 at 10:46 am
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