Esa noche
Esa noche ella no quería dormir sola. Y él, que tenías varias noches pasando cerca de su ventana sin que ella lo notara, no quiso desaprovechar la oportunidad. Presuroso consiguió una flor que colocó en la entrada de su puerta y arrojó una piedrita a su ventana para despertar su atención. Ella, asomándose cuidadosa, descubrió el obsequio y abrió lo menos posible la puerta para alcanzarlo. Recién había tomado una ducha, y envuelta en la toalla no era la mejor manera de abrirla más. Su cabello mojado aún escurría de sus puntas, y su piel exhalaba una frescura envidiable por cualquier cascada. Apenas y cerró la puerta él se atrevió a acercarse y tocarla lo más delicadamente, como si anticipara la manera con la que, entre temor y audacia, había soñado acariciar la cara de ella. Como había sido anticipada de tan singular visita con la flor que recién había recogido, ella tan sólo giró la perilla de la puerta y se retiró, permitiéndole a él tomar la iniciativa de atravesarla y conducirse a su encuentro. Él entendió la silenciosa invitación y tras un sonoro suspiro dio los pasos suficientes hasta llegar a ella, que lo esperaba de espaldas recostada en el sofá que ocupaba el principal espacio del recibidor. Lo que después sucedió, cuando las yemas de sus dedos hicieron contacto con su cabello oroloso y alborotado es algo que no tiene modo humano de narrarse, y que sólo queda escrito en las pieles después de convivir juntas…
(Noviembre 20 2011)