La vida es cíclica.
Una frase que recuerdo ya de hace 11 años al pronunciarse durante una de las clases de Historia de la Filosofía y que me acompaña desde entonces taladrando ocasionalmente mi modo de “entenderme con la existencia” es: PARA LOS FILÓSOFOS DEL MEDIEVO, LA VIDA ES CÍCLICA.
Y vaya que en reiteradas ocasiones he corroborado tal postulado, y sin más, o digámoslo de otro modo, HOY de particular modo puedo gritar que siento veraz la frase, pero bueno, ¿Qué me sucedió? Contextualizando, esta Cuaresma - Semana Santa se cumplen 15 AÑOS de que el de lleno metido en la adolescencia Víctor, de 15 años, por situaciones tan “zonzas” como buscar un cuaderno de Química terminara involucrado (de buen y por buen gusto) en la experiencia de un par de chicas (Nancy y Norma) por conformar un grupo misionero que fuera a Oaxaca, cobijadas en la juventud de un casi estrenado cura de nombre Federico. Suceso que en lo sucesivo -y bien gozada la redundancia- me transformó y no sería abuso (ni reproche en absoluto) alargarme confesando que ello mismo, sí, esa fracción de existir, fue el detonante de LO QUE HOY SOY y que de la A a la Z con sus altibajos, sus risas y sus lágrimas, su inmenso transcurrir sin más, agradezco.
Y pues bien: como gota que cimbra toda la elástica capa que la capilaridad forma sobre la superficie, precisamente hoy, en ese mismo templo de la parroquia María Auxiliadora donde de pre-joven mi corazón se contrajo (para siempre) haciendo una promesa misionera, tanto mi hermana Ángela como la pequeña de la casa, Karla -que en aquel entonces era una semilla fetal depositada en el vientre de mi madre- soltaban sílabas organizadas de sus gargantas ofreciendo sus ganas y su vitalidad por extender en campo misión la palabra de Cristo, delante del mismo altar y mismo crucifico al que yo dirigí mi promesa.
¿Alguien lo hubiera vaticinado hace 15 años? Si acaso los filósofos del medievo. No, corrigo; no si acaso: seguramente.