Según la periodista que redactó la noticia, la promotora de la operación –coleccionista de ediciones de El Principito (en adelante, EP)-, sostiene muy ufana que, con la llegada de los cuentos –es un decir-, los escolares afganos “podrán aprender los valores que enseña el libro: honestidad, lealtad, amistad”. Admirable propósito. Y una insinuación de que los padres y los maestros afganos son deshonestos, desleales y traicioneros. La promotora no nos aclara si son así de natural o como reacción ante las últimas invasiones pero el contexto de la información apunta a que no pueden ser de otra manera educados como están por “mulás rurales” en un Corán puritano –traducido al europeo, por unos curas trabucaires en una Biblia medieval y expurgada-.
“La cosa más grave en un sentido es lo que está pasando en Haití. Hace tiempo tuvimos el terremoto de febrero. Aparentemente muchos países, Estados Unidos, Europa e incluso América Latina, dijeron que iban a ayudar. Anunciaron ayuda por más de cuatro mil millones de dólares de donaciones.Pero el dinero nunca llega, la gente sigue viviendo en carpas en condiciones infrahumanas, invitando en estas condiciones al surgimiento del cólera. Y ahora con el cólera matando a 50 personas por día alcanzando los mil muertos en total esta mañana, uno tiene que calcular, ¿cómo con tanto dinero la gente sigue viviendo en carpas? ¿Cómo con una ayuda de poco dinero pero con mucho personal, Cuba puede hacer más que las fuerzas combinadas de Europa y Estados Unidos? Y uno tiene que decir que estas donaciones son relaciones públicas. Si entregaron dinero, el dinero no llegó al pueblo: está concentrado en la oligarquía política y económica, o se queda en las ONG o en instituciones internacionales. Para ellos la miseria es un negocio, es una industria.”